Tres palabras en el nombre de una agrupación: cultura, arte, educación. Suenan a folleto municipal. Conviene entonces explicar que significan cuando uno las usa en serio, un jueves a las siete de la tarde, con la sala fría y seis personas esperando.
Las palabras grandes tienen un problema: se gastan. Uno lee «cultura» en tantos afiches que la palabra termina significando cualquier cosa, es decir, nada. Lo mismo con «arte» y con «educación». Son palabras que llegaron a nosotros ya usadas, con las esquinas dobladas, y sin embargo están en nuestro nombre y hay que hacerse cargo.
Así que vamos a intentar algo poco habitual, que es decir exactamente que queremos decir.
Cultura, para nosotros, no es un evento. Esta es la confusión más común y la más difícil de sacarse de encima. Cuando llega el verano y se instala el escenario en la plaza y viene un grupo de afuera a tocar dos horas, eso es un espectáculo, y está muy bien que exista, y nos alegra. Pero no es lo que nosotros hacemos.
Lo que nosotros llamamos cultura es lo que pasa en los meses en que no hay escenario. Es la señora que sabe hacer el pan que hacia su abuela y no se lo ha enseñado a nadie. Es el mapudungun que algunos vecinos entienden pero ya no hablan. Es la manera particular en que se cuentan las cosas en este lugar, con esos silencios largos que a la gente de ciudad la desespera. Nada de eso sube a un escenario. Todo eso se pierde en una generación si nadie hace nada.
Entonces cultura, en nuestro uso, es un verbo antes que un sustantivo. Es sostener. Es preguntar antes de que sea tarde.
Arte es la segunda palabra y quizas la más malentendida. Existe una idea instalada, que hace mucho daño, según la cual el arte es para los que tienen talento. Según esa idea, uno primero descubre si «tiene condiciones» y después, solamente entonces, se le permite hacer. Nosotros trabajamos con la convicción exactamente contraria.
El arte, acá, no es una carrera ni una vocación. Es una necesidad básica mal atendida. La gente necesita hacer cosas con las manos y con la voz. Necesita cantar aunque cante regular. Necesita pintar aunque el resultado no vaya a colgarse en ninguna parte. Y cuando esa necesidad no se atiende durante veinte o treinta años, algo se atrofia, y uno se convierte en esa persona que dice «yo no tengo nada de artístico», frase que en realidad significa «a mi nadie me dejó intentarlo».
En el taller de canto pasa todos los años. Llega alguien que fue humillado a los ocho años por un profesor que le dijo que no cantara, que solo moviera la boca. Cuarenta años después esa persona canta por primera vez en público y le tiembla la voz, y no le tiembla por la nota sino por todo lo otro. Nosotros hemos visto eso muchas veces y no nos acostumbramos.
Educación es la tercera y la que más nos cuesta explicar sin sonar pretenciosos.
No somos una escuela. No damos certificados ni tomamos pruebas. Lo que hacemos se parece más a lo que hacia la gente antes de que existieran las instituciones: alguien que sabe algo se sienta al lado de alguien que no lo sabe, y se lo muestra, y después se toman un té. Eso es todo el método pedagógico. Funciona desde hace unos cuantos miles de años.
La diferencia con la escuela es una sola pero es decisiva: acá nadie esta obligado. Si el taller no le sirve, usted deja de venir y no pasa nada. Eso, que parece una debilidad, es en realidad lo que hace que funcione. La gente que viene, viene porque quiere. Y la atención de alguien que quiere estar en un lugar no se parece en nada a la atención de alguien que tiene que estar.
También hacemos apoyo escolar para los niños, que es la parte menos romántica y la más necesaria. Acá hay familias donde nadie termino la enseñanza media y donde ayudar con la tarea de matemáticas es materialmente imposible. Esos niños no son menos capaces. Simplemente están solos frente al cuaderno. Ponerse al lado de ellos dos veces por semana no es caridad: es reparar una desigualdad muy concreta con un método muy simple.
Ahora bien: las tres palabras juntas producen algo que ninguna produce por separado, y esa es la parte que más nos importa.
Un pueblo sin vida cultural no es un pueblo triste. Es peor: es un pueblo donde la gente no se conoce. Uno puede vivir veinte años a tres cuadras de alguien y no haber intercambiado nunca más de dos frases. Y cuando eso ocurre, cuando la única relación entre vecinos es la vereda compartida, el pueblo deja de poder hacer cosas. No se organiza. No se defiende. No se cuida.
Los talleres son, vistos de lejos, una infraestructura social barata. Cada miércoles a las cinco de la tarde, doce personas que no tienen ninguna otra razón para juntarse se juntan. Se conocen. Se toman confianza. Y después, cuando hace falta organizar algo de verdad, cuando hay una emergencia, cuando alguien se enferma, esa red ya existe. No hubo que construirla a las apuradas: se venía construyendo sola, mientras aprendian los acordes de una canción.
Eso es lo que hacemos. Suena más modesto de lo que es.
Falta decir a quien está dirigido todo esto, y la respuesta es incómodamente simple: a cualquiera.
No hay requisitos de edad ni de nivel ni de dinero. No hay que ser de acá. No hay que tener condiciones. No hay que saber nada. Basta con aparecer un día, sentarse, y aguantar la incomodidad de las primeras semanas, que es real y que hay que decirla: los primeros días uno se siente torpe, y viejo, y ridículo, y piensa que todos los demás saben más.
Todos los demás pensaron lo mismo el primer día. Eso es lo único que hay que saber para empezar.
La sala está en Gabriela Mistral, en Licán Ray. El invierno es largo acá. Nosotros vamos a estar ahi igual, con la estufa prendida, poniendo sillas para gente que todavía no sabemos si va a venir.
Generalmente viene.
