Hay ventanas que no dan a la calle sino a la memoria. Esta es una de ellas: el sitio web de una agrupación que decidió, un día cualquiera de invierno, que las cosas que pasan en Licán Ray merecen quedar escritas en alguna parte.
Uno cree que un sitio web se hace con código y resulta que se hace con insomnio. Alguien, a las once de la noche, mira el techo y piensa: si nadie escribe lo que pasa aquí, dentro de veinte años nadie va a poder probar que pasó. Y eso, que parece una preocupación de archivista, es en el fondo una preocupación de enamorado.
Porque de eso se trata. De que el taller de guitarra del martes exista más allá del martes. De que la señora que llega siempre veinte minutos antes, con su termo y su paciencia, quede en algún lugar que no sea solamente la memoria de los que estuvimos. Las cosas que no se escriben tienen la mala costumbre de volverse rumor, y después bruma, y después nada.
Así que aquí estamos, estrenando esta ventana.
Conviene aclarar de inmediato lo que este sitio no es. No es una vitrina. No venimos a mostrar una versión peinada de nosotros mismos, con las sillas ordenadas y todos mirando a la cámara. Los talleres a veces se llenan y a veces vienen tres personas y hay que decidir si se hace igual (siempre se hace igual). Los proyectos a veces se ganan y las más de las veces no. Eso también va a estar escrito aquí, porque una agrupación que solo cuenta sus triunfos termina siendo una agrupación que no le sirve a nadie, ni siquiera a si misma.
Lo que si es: un cuaderno. Un cuaderno abierto sobre una mesa, con las páginas al viento, donde cualquiera puede leer lo que anotamos y, con suerte, agregar algo.
Vale la pena detenerse un momento en donde estamos parados, porque el lugar no es un dato menor sino casi un personaje. Licán Ray tiene esa cosa de los pueblos junto al agua: dos velocidades. Esta la velocidad del verano, cuando llegan los autos y las carpas y el pueblo se estira hasta casi no reconocerse. Y esta la otra, la de mayo, junio, julio, cuando la playa queda vacía y el lago se pone de ese color que no tiene nombre exacto, entre plomo y verde botella, y uno puede caminar por la orilla sin cruzarse con nadie durante veinte minutos.
Nosotros trabajamos en la segunda velocidad. Es en esos meses cuando de verdad se hace la vida cultural de un pueblo: cuando ya no hay a quien impresionar y lo único que queda es la comunidad consigo misma, buscando razones para juntarse. El invierno es largo acá. Uno necesita motivos.
Los talleres son eso: motivos. Motivos legitimados, aprobados socialmente, para salir de la casa un miércoles a las cinco de la tarde cuando afuera está oscureciendo y llueve de esa manera insistente del sur, que no es aguacero sino perseverancia. Nadie te va a preguntar por que saliste si dices «voy al taller de guitarra». En cambio si dices «sali porque no aguantaba más estar solo en la casa», que muchas veces es la verdad más exacta, la conversación se pone incómoda. El taller es la forma decente de decir lo segundo.
Y ahi esta el volcan, además, vigilando todo el asunto. El Villarrica tiene una manera muy particular de estar presente: uno se acostumbra a su silueta hasta dejar de verla, y de pronto un día sale a la calle y ahi esta, blanco y absurdo contra un cielo despejado, y uno se detiene como si fuera la primera vez. Lo mismo pasa con la gente de un lugar. Uno cree conocerla y de pronto alguien canta y resulta que canta increible y llevaba cuarenta años sin decirselo a nadie.
Ese es, si hay que ponerlo en una frase, el trabajo de una agrupación cultural: crear las condiciones para que la gente se sorprenda de si misma.
En estas páginas van a encontrar varias cosas. La cartelera de talleres, con días y horarios, para que nadie tenga que preguntar por WhatsApp a las once de la noche si mañana hay o no hay. Las noticias de lo que vamos haciendo. Una galería que va a ir creciendo a medida que juntemos coraje para fotografiar lo que hacemos, porque hay algo pudoroso en fotografiarse uno mismo trabajando, como si la cámara volviera falso lo que hasta recien era simplemente cierto.
Y van a encontrar también, con el tiempo, historias. Porque en un pueblo cada persona es un archivo. La señora que sabe todos los nombres de las flores del cerro en mapudungun y en castellano. El señor que estuvo en la construcción de la carretera y se acuerda de como era esto antes. Los cabros que hacen música en un galpón y suenan mejor de lo que ellos mismos creen. Nada de eso está escrito en ninguna parte. Y lo que no está escrito, tarde o temprano, se pierde.
No es nostalgia, conviene aclararlo. La nostalgia es una postura cómoda, es mirar hacia atras desde un sillón. Esto es otra cosa: es intentar que el presente no se evapore. Es una tarea de balde y no de museo.
Queda entonces la invitación, que es simple y no tiene letra chica. Si vive en Licán Ray o cerca, venga a un taller. Si le da vergüenza, venga igual, todos los que están ahi tuvieron vergüenza el primer día. Si toca un instrumento, si sabe tejer, si cocina algo que le enseñaron sus abuelos, si tiene una historia que le parece que no le interesa a nadie: nos interesa. Escribanos. La dirección de correo está al final de esta página y la persona que la lee somos nosotros mismos, no un robot.
Y si está lejos, si llegó acá por casualidad buscando otra cosa, quedese un rato de todos modos. Mire las fotos. Lea lo que vamos publicando. La cultura de un lugar chico tiene la particularidad de que le habla a cualquiera, porque en el fondo todos venimos de un lugar chico, aunque sea el barrio de una ciudad grande, aunque sea solamente la casa donde crecimos.
Esta ventana queda abierta. Pase cuando quiera.
